sábado, 10 de febrero de 2018

1951- AMOS DE TÍTERES -Robert A.Heinlein



En 1949, la Unión Soviética revelaba al mundo que, por fin, contaba con el poder atómico. Años atrás, el editor de “Astounding Science Fiction”, John W.Campbell Jr. y su plantilla de escritores ya habían advertido en sus relatos y editoriales que el término “secreto científico” era en sí mismo una contradicción. El propio proceso científico de observación, reflexión y experimentación no era patrimonio de ningún país y antes o después cualquier conocimiento acabaría en manos de todo el mundo. El secretismo, además, ponía en riesgo a todo el planeta al aumentar las posibilidades de provocar una catástrofe, un argumento explorado, por ejemplo, por Philip Wylie en su relato corto “Error”, en 1946. A pesar de ello, los militares se empeñaron durante años en negar lo inevitable. En 1948, el general Groves, director del Proyecto Manhattan, había tratado de apaciguar la inquietud pública asegurando que la Unión Soviética “sencillamente, no tiene suficiente industria de precisión, capacidad técnica o número de científicos para siquiera acercarse a duplicar el magnífico logro de los empresarios americanos, el trabajo especializado y los científicos que hicieron del Proyecto Manhattan un éxito”.



El descubrimiento en ese año 1949 de que el científico Klaus Fuchs, un científico que había estado en la Prueba Trinity (el primer test nuclear norteamericano, en Alamogordo, en julio de 1945), era un comunista convencido que había pasado secretos a espías soviéticos, ayudó a apuntalar la idea de que sólo las fugas de conocimiento habían permitido a los rusos acceder a la tecnología atómica cuando en realidad lo único que habían hecho era acelerar un proceso de investigación ya en marcha y que inevitablemente habría acabado en el mismo punto. La geopolítica de la Guerra Fría tenía ahora un nuevo elemento, el nuclear, que era al tiempo global y letal.

Ese punto de inflexión había sido ya predicho por Campbell en el número de noviembre de 1945 de “Astounding Science Fiction”, un cambio que abrió un nuevo campo de historias para los autores, en cuyos relatos empezaron a abundar invasiones y amenazas en la sombra. Tanto Cambpell como su principal escritor, Robert A.Heinlein, adoptaron posturas ideológicas progresivamente más extremas conforme la Guerra Fría se recrudecía y separaba políticamente al mundo en rígidos compartimentos. Por si fuera poco, las noticias de la primera detonación de un artefacto soviético llegaron días después del triunfo comunista en China.

Como respuesta a esta situación Heinlein escribió lo que a menudo se califica como su primer trabajo adulto, la novela “Amos de Títeres”. Resulta asimismo interesante subrayar un apunte editorial. El autor por primera vez se desvinculó de “Astounding” para ofrecer esta historia a una nueva cabecera, “Galaxy Science Fiction”, que había nacido en 1950 y que bajo la hábil dirección de Horace L.Gold no tardaría en convertirse en la principal publicación del género. Hay otro detalle igualmente relevante. Normalmente, los autores publicaban sus cuentos o novelas –éstas, serializadas- en revistas populares como las mencionadas. Sólo aquéllas que demostraban ser muy bien recibidas por los lectores acababan trasladándose al formato de libro, y ello habitualmente al cabo de varios
años. Ya a finales de los años cuarenta, Heinlein rompió esa dinámica escribiendo novelas de ciencia ficción juvenil publicadas directamente en libro por la editorial Scribner. En esta ocasión, Heinlein vendió simultáneamente los derechos de “Amos de Títeres” tanto a “Galaxy” como a la importante editorial Doubleday, que aquel mismo año lanzó su edición en volumen (si bien en ambos casos se recortó sustancialmente el manuscrito original, considerándolo en exceso polémico. Sólo en 1990, la viuda de Heinlein, Virginia, autorizó una edición integral de esta novela). Ello nos puede dar una idea no sólo de la importancia que iba cobrando la ciencia ficción como género literario sino de la alta consideración de que gozaba Heinlein en ella como uno de sus autores más sólidos, originales y rentables.

La historia está narrada en primera persona por el protagonista de la misma, Sam Cavanaugh, un experto agente que en 2007 trabaja para una agencia secreta de inteligencia bajo la dirección de un jefe al que se conoce simplemente como “El Patrón” (“The Old Man”, en el original). No se menciona el nombre de la organización y, según se explica, el único ajeno a ella al corriente de su existencia es el mismísimo presidente norteamericano. La trama arranca cuando Sam y el Patrón, junto a una atractiva agente
llamada “Mary”, viajan a Grinnell, un pueblo de Iowa, para investigar la desaparición de varios agentes enviados para informar de lo que se dice ha sido la aparición de un platillo volante. Sus pesquisas les llevan a descubrir que los vecinos del lugar están siendo mentalmente esclavizados por unas criaturas similares a orugas gelatinosas de gran tamaño que se adhieren a la nuca de sus víctimas –supuestamente el bulbo raquídeo-. Una vez poseídas, esas personas trabajan sin descanso al servicio de su nuevo amo, con su corazón y alma dedicados por completo a llevar a cabo sus planes de invasión. Después de capturar a una de estas criaturas, que resultan proceder de Titán, la luna de Saturno, el equipo trata sin éxito de convencer al presidente de la nación que la gravedad de la amenaza.

Tras regresar a Iowa para continuar la investigación, uno de los miembros del equipo es infestado por uno de los aliens y sin darse cuenta lo introduce en el cuartel general de la organización en Washington D.C.. A menos que un individuo esté totalmente desnudo, resulta imposible distinguir si está o no infectado. La forma que encuentran en la agencia de resolver este problema es sexista a más no poder de acuerdo con nuestra sensibilidad actual: los hombres parasitados por una babosa no reaccionan con miradas lascivas al ver a Mary, lo que refleja que no tienen el pleno control de sus facultades. Sin embargo, el alien logra escapar y adherirse al protagonista, Sam, quien bajo su influencia escapa del cuartel general. Mientras
tanto, la invasión silenciosa ha ido extendiéndose. Cada vez más gente está infectada, primero personas en puestos claves del ejército, el sector privado y el gobierno, y luego ciudadanos corrientes. Los alienígenas se multiplican rápidamente e incluso se envían por correo para infectar a más humanos. Para cuando Sam es recuperado por sus compañeros y liberado del control mental, la mitad del país se encuentra ya bajo el secreto dominio de los extraterrestres. ¿Cómo enfrentarse a semejante amenaza?

“Amos de Títeres” ejemplifica a la perfección el giro a la derecha política que Heinlein había tomado ya a finales de los años cuarenta. En realidad, su orientación política inicial fue a favor del Partido Demócrata y en 1934 participó incluso en la frustrada campaña para aupar al escritor Upton Sinclair al puesto de Gobernador de California. Él mismo optó –igualmente sin éxito- a un escaño en la Asamblea de gobierno de ese estado cuatro años después. Pero poco a poco su creciente anticomunismo y su decepción por los procesos políticos y el papel intervencionista y coartador de libertades del Estado lo acercaron a las filas del republicanismo. Esa metamorfosis hacia el libertarismo halló reflejo en su obra a comienzos de la década de los cincuenta. Sus novelas, como esta que nos ocupa, ya dejaban bastante claro su alejamiento de los postulados demócratas.

Así, este comentario de Sam es típico de la actitud general de los estadounidenses de la época hacia Rusia: “La propaganda soviética empezó a meterse con nosotros tan pronto como recibió las oportunas consignas. Toda la historia era una «fantasía de los imperialistas norteamericanos». Me pregunté por qué los titanes no habían atacado a la Unión Soviética antes que a nosotros; aquel país parecía hecho a propósito para ello. Al pensarlo mejor, me dije que tal vez ya lo habían hecho. Pero al profundizar aún más, me dije que de todos modos no se notaría ninguna diferencia. La gente tras el Telón (de Acero) había tenido esclavizada su mente y soportado parásitos durante tres generaciones. No habría ni pizca de diferencia entre un comisario con una babosa y otro sin una”. Es imposible pasar por alto el paralelismo que Heinlein hace entre los parásitos alienígenas y los comunistas.

Más adelante en la trama, cuando la población estadounidense es informada de la amenaza y se toman medidas para protegerlos que implican un recorte de libertades, Sam teme en lo que podría llegar a degenerar la situación: “un país bajo el reinado del terror. El amigo podía matar al amigo; la esposa denunciar al marido. El rumor de la presencia de un titán reunía de inmediato a una multitud donde fuese, dispuesta al linchamiento. Llamar a una puerta por la noche equivalía a invitar a un disparo a través de ella. Las gentes honradas se quedaban en casa; de noche, los perros eran los únicos
amos de la calle. El hecho de que la mayoría de rumores que corrían acerca del hallazgo de larvas fuesen totalmente faltos de fundamento, no los hacía por eso menos peligrosos”. Esta descripción recuerda a las consecuencias de lo que se ha dado en llamar “Terror Rojo”, la extensión deliberada, por parte de elementos de una sociedad o por el propio Estado, del miedo a la difusión del comunismo, el anarquismo o el radicalismo de izquierda. En Estados Unidos este fenómeno social se produjo en dos ocasiones: inmediatamente tras la Primera Guerra Mundial y en relación al sindicalismo americano; y tras la Segunda Guerra Mundial, ante la presencia de posibles elementos soviéticos infiltrados en la sociedad y el gobierno federal. Este libro puede inscribirse claramente en el Segundo periodo.

Un libro que advierte del pánico que puede causar la revelación de la infiltración enemiga pero que al mismo tiempo atiza las llamas del miedo. Tal y como los alienígenas del libro son “amos de títeres”, apoderándose de la libre voluntad y la vida de los humanos, los comunistas son los amos de títeres de sus ciudadanos. En el libro, resulta casi imposible decir a simple vista si tal o cual persona es portadora de una babosa y, por tanto, esclava al servicio del invasor hostil. El policía del barrio, el médico de cabecera, la esposa…cualquiera podría ser un alienígena. Es el mismo tipo de
pánico que el senador McCarthy y sus seguidores querían despertar en la nación desde su puesto en el Comité de Actividades Antiamericanas (fundado en 1938): los espías comunistas podían estar en cualquier parte, disfrazados como liberales simpatizantes del New Deal del presidente Roosevelt.

Y la única manera de acabar con ellos, según el narrador del libro, es la completa aniquilación.
La novela finaliza con una declaración de guerra tan absurda como belicosa: “¡Amos de títeres, estad atentos: los hombres libres van a exterminaros! ¡Muerte y destrucción!”. El tono del libro es indistinguible del que J.Edgar Hoover, el director del FBI, utilizaría posteriormente en su bestseller “Maestros del Engaño” (1958). En él, Hoover describía las técnicas de infiltración del Partido Comunista y avisaba de que “quieren fabricar un hombre comunista, un títere mecánico al que puedan adiestrar para que haga lo que el Partido desee (…) Necesitamos la ayuda de todos los americanos leales”. Una llamada al patriotismo que Heinlein no desoyó, denunciando públicamente al Comité Nacional para una Política Nuclear Sensata (fundada en 1957 para detener las pruebas atómicas y la acumulación de armamento de ese tipo) como institución “pantalla” de los comunistas. Resulta chocante y al tiempo decepcionante que después de todos sus alegatos a favor del individualismo y en contra del adoctrinamiento, Heinlein acabara adoptando una postura absolutamente convencional y fácilmente asimilable al pensamiento del ala más derechista y rancia del republicanismo americano.

Dicho esto, “Amos de Títeres” se puede leer de dos formas. Una, como producto de la brecha
ideológica que suscitó la Guerra Fría, un relato admonitorio de los peligros del comunismo y sus tácticas de infiltración. Ahora bien, para comprender sus referentes, alusiones y subtexto político es necesario o bien haber vivido aquellos años o bien estar informado del marco histórico contemporáneo. Pero para los lectores de las nuevas generaciones, sobre todo aquellas que han venido al mundo tras la caída del Muro de Berlín, esa época pertenece al pasado, a la parte de la Historia que ya se encuentra en los libros de texto y que es materia de estudio para los eruditos. Para ellos, esta ficción de invasiones alienígenas puede disfrutarse de una segunda forma, a saber: no tanto como una advertencia sobre la amenaza comunista vista a través de la lente de la Historia como una narración de aventuras y suspense a mitad de camino entre James Bond (personaje que no aparecería hasta 1953) y “La Invasión de los Ladrones de Cuerpos” (novela que aún tardaría tres años en serializarse en “Colliers”). Es más, tal y como recuerda el también escritor Thomas R.Disch, muchos de quienes la leyeron entonces, muchachos de entre doce y dieciséis años, no captaron el mensaje político que tan evidente nos parece hoy, pero sí quedaron impresionados por la idea de un repugnante alien que podía adherirse a su cuerpo y controlarlos. Al fin y al cabo, los jóvenes nunca han sido grandes seguidores de la actualidad ni ávidos lectores de periódicos y estamos hablando de una época en la que la televisión y su poder fagocitador del entretenimiento y la opinión aún no alcanzaba grandes porciones del territorio americano.

Insertos en el marco de una historia de invasiones extraterrestres, encontramos aquí elementos
de intriga policiaca y de espionaje con pinceladas sexuales y toques de terror fundado en una opresiva atmósfera dominada por la paranoia y la sensación de amenaza omnipresente. A menudo se califica a “Amos de Títeres” como la primera novela verdaderamente adulta de Heinlein, aunque esta afirmación es matizable. Su obra hasta ese momento había consistido sobre todo en cuentos (como los que conforman su “Historia del Futuro”) y novelas juveniles, pero dos narraciones largas anteriores, “El Día de Pasado Mañana” (serializado en 1941 como “Sexta Columna” y recopilado en forma de libro en 1949) y “Más allá del Horizonte” (serializado en 1942 y como libro en 1948), pueden ya considerarse sin problemas como adultas. En cualquier caso y aunque “Amos de Títeres “es una novela de su primera etapa y carece de la profundidad temática y pulso narrativo de trabajos posteriores, puede leerse como una obra pulp de calidad en la que encontraremos una trama muy bien compactada, suspense, extraterrestres repulsivos, valientes agentes secretos y mujeres hermosas. Es perfectamente posible, por tanto, disfrutarla al margen de sus alusiones a la “amenaza roja” y deliberados paralelismos con la Unión Soviética, de la misma manera que pueden leerse las novelas de “Las Crónicas de Narnia” sin ser consciente de que el león Aslan es una metáfora de Cristo. Buena prueba de la validez de sus ideas y la fuerza de su ambientación es que no pocas películas y series sin mensaje político alguno han utilizado en mayor o menor medida la premisa de la novela como motor de sus argumentos, desde “Hidden: Lo Oculto” (1987) a “Star Trek: La Nueva Generación” pasando por sátiras y homenajes en, por ejemplo, “Futurama”.

Siendo uno de los primeros trabajos largos de Heinlein, no encontramos aquí muchos de los tics
que acabarían lastrando su obra, pero sí van apareciendo otros de sus rasgos característicos: una narración enérgica y con abundantes dosis de violencia; toques burlones al estilo de los clásicos del género negro como Dashiell Hammett o Raymond Chandler; la figura del anciano capaz de ver el mundo tal y como es y que nos dice cómo debemos vivir y pensar; y la mujer de gran talento y capacidad que se desenvuelve con independencia y personalidad propia…o eso parece. Y es que si el enfoque político del libro es claramente deudor de la época en que fue escrito, algo parecido puede decirse de su aproximación a los personajes femeninos. Heinlein presenta ciertos cambios en esa sociedad del futuro en relación a cómo interactúan los sexos, como matrimonios a corto plazo, renovables o no. Pero el personaje femenino principal contradice dichos avances, limitándose a ser poco más que un objeto sexual o una esposa modélica. Cuando Sam la conoce, por ejemplo, la describe como muy deseable: “Una silueta larga y esbelta, pero de curvas llenas. Bonitas piernas. Espaldas anchas para una mujer. Un cabello rojo y llameante, ondulado, el cráneo un poco alargado, como el de los auténticos pelirrojos. Su rostro era correcto más que bello; me contempló como si yo fuese un filete de ternera. Sentí deseos de andar a cuatro patas y dar vueltas en círculo”. En fin, una relación de virtudes que casi podría aplicarse a un animal de granja.

Aún peor, aunque Mary es una agente de campo incluso mejor que Sam, sus contribuciones a la
trama van disminuyendo conforme se afianza –de manera bastante inexplicable, hay que decir- su relación sentimental con el protagonista, hasta el punto de caer en la más completa pasividad, limitarse a decir “Sí, cariño”, obedecer las instrucciones de su amado o pedir perdón por ser “débil y femenina”. Y es que aunque se sugieren para ella múltiples habilidades como espía, lo que mejor sabe hacer parece ser el coqueteo. Su principal tarea en la primera mitad del libro es comportarse de forma sensual cerca de los hombres y comprobar su respuesta para ver si pueden o no estar infectados por parásitos. De hecho, le dice a Sam tras casarse con él que los puños no son sus armas. El protagonista reflexiona: “Sabía que no quería decir que las pistolas eran sus armas, sino algo más antiguo y primitivo. Cierto, podía pelear como un oso furioso y la respetaba por ello, pero no era una amazona. Una amazona no tendría ese aspecto con su cabeza reposando en una almohada. La verdadera fuerza de Mary residía en sus otros talentos”.

Y no son esas las únicas observaciones machistas o condescendientes con el sexo femenino: “Mira, hijo, la mayoría de las mujeres son unas criaturas alocadas. Pero en todo llegan más lejos que nosotros. Las que salen valientes lo son más que nosotros, las buenas nos superan en bondad, y las malvadas en maldad y dureza”. O bien: “Ella inspiró profundamente, hinchando el pecho y empujando sus arrogantes pechos contra su top casi hasta el punto de ruptura. Pensé de nuevo en lo dulce que era; ella era justo lo que necesitaba para dejar de pensar en Mary". Esta visión de lo femenino resulta más molesto que lo que se podía ver en otras ficciones pulp de la época o anteriores, en las que las mujeres o bien eran totalmente ignoradas o presentadas como simples variaciones de los hombres. Heinlein sabía que parte de sus lectores –y no una pequeña- consistía en adolescentes y universitarios de género masculino, por lo que no tenía inconveniente en salpicar de vez en cuando sus libros con la mayor dosis de sexualidad que el editor pudiera permitir además de introducir fantasías relacionadas con la mujer (abiertamente sexual y perfecta esposa) y la violencia como forma de alcanzar el éxito profesional y la madurez personal; un planteamiento que por aquel entonces también siguieron autores como Mickey Spillane (“Mike Hammer”) o Ian Fleming (“James Bond”).

El militarismo rampante es otro de los elementos que dan el tono de su tiempo y de la propia
mentalidad de Heinlein. El capítulo final del libro nos presenta a Sam y Mary preparándose para viajar a Titán y acabar con el resto de los parásitos con el fin de evitar futuros ataques contra la Tierra. Tratándose de una misión lógica dada la situación vivida, la ideología en la que se apoya es cuando menos inquietante. Sam dice con vehemencia: “Tanto si lo conseguimos como si no, la raza humana tiene que seguir manteniendo muy alta su bien ganada reputación de ferocidad. Si las babosas nos han enseñado algo, es que el precio de la libertad es nuestra voluntad de presentar batalla en cualquier momento y en cualquier lugar, de la manera más implacable”. Y continúa: “Si el hombre quiere ser el rey de la Creación, o por lo menos un vecino respetable, tendrá que luchar por ese puesto. Convertid los arados en espadas. Lo contrario son fantasias de la abuelita”.

De acuerdo con Heinlein, por tanto, la libertad sólo se alcanzará a punta de pistola y el pacifismo no es más que una fantasía para tontos (filosofía que seguiría presente en “Tropas del Espacio”, por ejemplo). Es más, la misión de la especie humana es mostrarse fiera e implacable no sólo para ganarse el respeto de otros posibles
vecinos de la galaxia, sino para estar al mando de todos ellos. Es un mensaje complaciente con el más ciego nacionalismo americano y, desde luego, partidario de la postura más rígida en la gran cuestión del momento: la brecha ideológica entre el mundo capitalista y el comunista y que hoy podría trasladarse al enfrentamiento entre el mundo islámico y el que no lo es.

En resumen, una novela quizá menor dentro de la bibliografía de Heinlein y no la mejor opción para acercarse por primera vez a su obra, pero que sirve como ventana a las ansiedades de una época y lugar (los Estados Unidos de la Guerra Fría) y, sobre todo y para lectores más jóvenes (siempre que no corran peligro de verse influenciados por el sexismo y el militarismo que permea la trama), como entretenido relato de corte pulp. Además, y aunque tenga segmentos en los que decaiga el ritmo y que la idea de aliens no humanoides y parásitos de nuestro cuerpo ya no sea particularmente original ni transmita tanto terror y asco como antaño, los amantes de la CF deberían leer esta obra por su carácter fundador del subgénero.

1 comentario:

  1. Una novela muy disfrutable. No recuerdo si la leí en la edición de Orbis o la de Martínez-Roca. Lo que es seguro, a partir de tu comentario acerca de que la versión más completa es de 1990, creo que deberé volver a ella.

    Sobre todo, como dices, es trepidante, emocionante. Quizás asumíamos la visión de bloques y la sátira a lo comunista hasta el punto que nos resbalaba, concentrandonos más en los rasgos más disfrutables de este tipo de obras. Y en eso Heinlein era un maestro. Conocía bien a su público. Imagina que, efectivamente, después de tantos años aún recuerdo esa idea de que los personajes deban de ir desnudos para poder inspeccionarse. Una escena ideal para un adolescente y las hormonas alteradas.

    Heinlein es el placer culpable de los aficionados

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